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lunes, 17 de octubre de 2011

CALDERÓN Y SU SEXENIO DE DEBUT Y DESPEDIDA

 Por: Magali Vélez Sanchez
 Relaciones Internacionales
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UDLAP
Ya van 5 años que se tomó la decisión de emprender la guerra contra el narcotráfico, al principio se veía muy fácil y más con el apoyo de nuestro vecino, la potencia militar y económica más fuerte del mundo (todavía en aquellos tiempos) en aquel entonces nadie realmente se imaginaba lo que se desataría, metafóricamente hablando sería como torear al toro más manso que no se mete con nadie hasta que realmente lo molestan. Ni siquiera el propio Jefe de las Fuerzas Armadas de México, el mismo Presidente Felipe Calderón no sabía a lo que se enfrentaría, después de ganar unas elecciones con poco margen de diferencia, lo único que necesitaba era credibilidad de su gobierno por medio de políticas públicas para así subir su popularidad y obtener el apoyo de aquellos sectores y sociedad que dudaban de su capacidad para encaminar al país un sexenio más. Eligiendo así la lucha contra el narco como su carta de presentación para las próximas generaciones y libros de textos que incluyan su vida presidencial. Para mí es como su debut y despedida dentro de su carrera política como funcionario federal.
Al principio yo creo que todos, si no es que la mayoría lo apoyábamos, a pesar de que el mismo mencionó en sus discursos que sería una guerra difícil en el cual   habría muchas vidas de por medio y  sacrificio  dándonos a entender un mensaje subliminal que en lo personal se me ocurría que  casi casi se derramaría “sangre dentro de la  sociedad.” Pero en realidad nadie sabía  todo lo que provocaría y desencadenaría  esta  guerra ingenua. Al ir avanzando esta política, la sociedad mexicana empezó a percatarse gracias a la noticias (no por menospreciarlas muchos de los medios  le daban un toque amarillista) sobre lo que acontecía en la lucha contra el narcotráfico, en el cual cada vez se trataba de más muertes de gente inocente: familias enteras, niños, jóvenes; personas con gran influencia política: funcionarios públicos, incluyendo presidentes municipales, integrantes de las procuradurías, etc. Y esto inmediatamente nos hizo estar en contra del Presidente, aunque ciertamente él no tenga completamente la culpa, la gente siempre se irá en contra con el que da la cara, el de los discursos, el que representa al gobierno.
Fuera de las noticias, está la realidad, lo que uno vive, lo que uno presencia y en muchos lugares tranquilos (hablando por mí y por los que venimos de lugares en donde antes no se veía, ni se escuchaba nada de esto) se ha desatado la violencia, la inseguridad, la sangre, los famosos narco-mensajes sin faltar el o los degollados,  los narco-impuestos,  la migración y/o la fuga de profesionistas, el daño a la economía, al turismo,  a la inversión extranjera directa,  el infundir miedo a la sociedad, el dudar de su propio gobierno, de su sistema, el seguir desacreditando a su Presidente y autoridades locales y gubernamentales. El seguir alimentando la corrupción, el seguir en una guerra que sólo nos está destruyendo como Estado y que tristemente hemos de seguir estando decepcionados de nuestra sociedad y de sus autoridades que no ha sabido  encaminar y aprovechar a la riqueza de este  diverso y gran país.
Estos son sólo algunos simples ejemplos de daños colaterales que generalmente en todo el país y en la sociedad mexicana se han generado. Se han centrado tanto en esta guerra que ahora el bien común, la seguridad común se ha desplazado a tercer o cuarto término, la gente ahora sólo pide seguridad, quiere al menos regresar a que podía estar en su pueblo en las calles a altas horas de la noche sin escuchar balazos o chismes de que se desatará la balacera o de “que alzaran a quien se encuentren a tales horas”
Ahora sólo quedan interrogantes que parecen por ahora ser difíciles de responder ¿Cuántos más inocentes? ¿Cuánto tiempo más? ¿Qué más tiene que pasar para que se busque y se piense en una real  solución que  tenga tranquila en términos de seguridad a la sociedad mexicana?
El propio Calderón y su equipo saben que se han empeñado en tapar un error y en seguir con algo que cada vez más se sale de control, entonces  ¿Por qué seguir emprendiendo una guerra que por ahora amenaza con acabar con el Estado y la propia nación? ¿Acaso este asunto va más allá de los intereses nacionales?
Esta guerra se siente como estar en un laberinto sin salida, en donde sólo reina la frustración e impotencia de que la salida no esté en nuestras manos. Es triste ver como nuestro propio gobierno está acabando con los ideales y sueños de los que hemos de querer empezar a formar un patrimonio, una carrera en la participación ciudadana dentro de nuestro país. Ya que no contamos con su respaldo de protección y sin eso sólo nos queda el miedo de actuar, el miedo de querer defendernos y querer apoyar  una guerra que ni el propio gobierno ha sabido manejar su defensiva.



miércoles, 4 de mayo de 2011

Me declaro infeliz

Nunca falta algún ilustrado que hace comparaciones actualizadas sobre los diferentes niveles de violencia entre México y otras ciudades o países y llegan a la feliz conclusión de que podríamos estar peor. Valiente lío.
Se la pasan diciendo que Washington D.C., Nueva Orleans, Río de Janeiro, Iraq y Afganistán ya quisieran estar como México. Que los niveles de violencia en el país son mínimos comparados con estas apoteosis del exterminio sistemático de vidas en el mundo. Que si bien es cierto que el índice de asesinatos por cada cien mil habitantes se ha más que duplicado del 2008 al 2010, en realidad nos falta mucho para alcanzar niveles preocupantes de violencia… ¡Ándale pues!
En realidad ése es el problema: el incremento vertiginoso de la violencia en nuestro querido México. Hace algunos años no había fosas clandestinas, ni descabezados, ni descuartizados. Y si los había, eran una rareza, más que el común denominador de la violencia. Si uno compara números pelones, pues es posible que hasta acabe uno declarando loco al poeta por su coherente, desesperado y en extremo respetable esfuerzo para cambiar las cosas. Pero por ahí no va.
Reflexionemos. La violencia en el país hace alta y peligrosamente tolerable a la sociedad mexicana de conductas barbáricas y, lo que es peor, la acostumbra poco a poco a resignarse ante la evidente y generalizada falta de justicia: denunciar un pariente desparecido en el norte de la república no es recomendado por las propias autoridades, por la seguridad de la familia del desaparecido. A los muertos de la guerra contra el narco, el único acto de justicia que se les hace es enterrarlos.
Los niños mexicanos son las principales víctimas de esta espiral creciente de violencia institucionalizada. No hace mucho, los niños se la pasaban preocupándose por cosas banales, como si su equipo iba a ganar el campeonato de fútbol, o el subcampeonato en caso de irle al Cruz Azul. Veían caricaturas, jugaban con los amiguitos de la cuadra y algunos ya tenían que trabajar en la calle. Ahora, todos, sin excepción, consideran a la violencia como un aspecto cotidiano de su vida. Sin darse cuenta, la han integrado a su devenir y eso es más preocupante que cualquier otra estadística seria al respecto. En lugar de que la niñez mexicana se convierta en un garantizado guardián del futuro de la incipiente democracia mexicana, se transforma potencialmente en su peor enemigo al razonar que los conflictos se resuelven a punta de madrazos y que la democracia en realidad sirve para dos cosas: para nada y para lo mismo.
Pero el aspecto más importante de la manifestación generalizada y plena de la violencia es la erosión del Estado mexicano. Conforme el Estado oficial pierde el monopolio del uso legítimo de la violencia, el contrato social entre el gobierno y la sociedad pierde validez, se desmorona. Si antes uno pagaba impuestos para garantizar el funcionamiento y protección del gobierno ante la violencia ilegítima, pues ahora uno sigue pagando impuestos, pero no hay manera de ser protegido por el Estado mexicano ante cualquier amenaza o injusticia.
Uno en realidad queda en manos de dios. Lo cual no estaría tan mal, si no es porque uno también paga impuestos al narco, que se empieza a comportar como Estado. Los pagos se hacen más a la de fuerzas que a la de ganas bajo la forma de extorsiones, secuestros, asesinatos, incrementos de acciones criminales en las ciudades y en las carreteras, impartición generalizada de injusticia, altos niveles de corrupción de las autoridades, irrupción perjudicial en la actividad económica y en la vida política, etc. Al narco nomás le falta emitir pasaportes, de ahí en adelante, ya se comporta como Estado. El otro Estado mexicano, el que debería ser legítimo a todas luces, empieza a desvanecerse en la oscuridad del miedo de la ciudadanía. La sociedad mexicana, en los hechos, para sobrevivir, se ve obligada a pactar con los poseedores reales del uso de la violencia: el narco y el gobierno mexicano.
No sé si usted, apreciable lector,  pague impuestos para que le digan: “Ah, pero eso sí, en esta guerra va a haber muchos muertos a tu alrededor para protegerte de los que te quieren hacer daño y en un descuido te toca a ti… bajo advertencia no hay engaño.” Si alguien es feliz en un país que ya se acerca a los cuarenta mil muertos en una guerra que se va perdiendo un día a la vez, pues que dé un paso adelante. Yo no, yo pago impuestos para ser feliz. Y seré feliz en la medida de que ese dinero se use en mi persona, en mi comunidad, en mi ciudad, en mi país. No en balas, persecuciones letales, violaciones sistemáticas de derechos humanos y una galopante corrupción e impunidad de ciertos sectores gubernamentales, ni en intentos banales para que los ciudadanos norteamericanos dejen de drogarse. Bajo estas circunstancias, con mucho gusto me declaro infeliz.
Dr. Cano 

miércoles, 23 de febrero de 2011

Irapuato no es Juárez

Ni Napolitano, ni el director del ICE, ni el fiscal general de los Estados Unidos entienden que la muerte del agente Zapata en carreteras mexicanas es un evento de terrible importancia para la soberanía de un país que se llama “México”.
Ellos se la pasaron diciendo durante las exequias del agente Zapata que él había muerto murió "no sólo para proteger a su país, sino al pueblo de México” (Morton-ICE). Napolitano dijo que “no vamos a descansar ni a ceder en nuestra determinación hasta ver que los responsables sean detenidos y paguen por sus crímenes" y el buen Holder (fiscal general) se lució, refiriéndose a Zapata: "trabajaba para ayudar a nuestros vecinos y aliados en México a cumplir con sus responsabilidades ante aquellos a los que sirven y para construir una nación que constituye un faro de esperanza y oportunidad, un lugar donde todos los mexicanos puedan vivir no con miedo, sino en unidad. Ganaremos esta lucha, ésa es mi promesa ante ustedes".
Thanks but no thanks!
Por un lado, el enojo de las autoridades estadounidenses se entiende desde la perspectiva de que cualquier pérdida de sus agentes debe honrarse como si fuese la última. Eso es de admirar a los norteamericanos. Acá en México muere un judicial o un estatal y a lo mucho lo entierran rápido o hacen ceremonias selectivas, sobre todo si fueron varios los caídos. Pero no se hace nada por parar la carnicería.
Es de admirar a las autoridades norteamericanas su determinación de aclarar todas y cada una de sus bajas en la eterna guerra de los buenos contra los malos. Mientras que en México nos medio conformamos que medio paren la matazón.
Pero de eso a que nos cuelguen un héroe… thanks compadre, pero no hay necesidad. Cada quien trabaja desde su respectivo lado de la frontera. Ya tenemos 35,000 héroes, francamente no se necesita ni uno más. Hasta donde yo entiendo, todo el personal norteamericano de justicia y seguridad que trabaja en territorio mexicano sabe perfectamente a lo que se enfrenta y que su muerte siempre será un activo para los Estados Unidos, pero no para México. Lo que siguió (y sigue) es indignante: El FBI cerrando las carreteras federales mexicanas y la PGR elevada a carácter de pariente pobre en las averiguaciones del crimen. Y ya no se diga las regañizas telefónicas  de funcionarios americanos a su contraparte mexicana.
Una persecución norteamericana sobre algún cártel mexicano, definitivamente corre el riesgo de vestir de héroes a los narcos. No obstante, los servicios de inteligencia tienen un panorama muy claro acerca de quién es quién y dónde andan los que andan entre los narcos mexicanos. Así que parece que es cuestión de tiempo que el largo brazo de la justicia norteamericana agarre a los culpables y ¡órenle jijos de la jijurria! A una cárcel de máxima seguridad gringa y el resto de la historia ya es conocido: en México se les hace algunos corridos y, si son ejecutados, empieza su culto junto con el de la Niña Blanca.
¿Y el gobierno mexicano? Bien gracias: el presidente Felipe en el alucine diciendo ante inversionistas japoneses que la seguridad en ciudades mexicanas es equiparable a ciudades europeas. En efecto, Irapuato no es Juárez. Todavía. En el inter, la inteligencia mexicana deja de existir oficialmente ante la acción que a sus largas y anchas la inteligencia norteamericana actualmente despliega no nada más para el caso Zapata, sino para cualquier detalle estratégico y táctico en la guerra contra las drogas. Llevándose de corbata (por delante, pues) a los militares mexicanos y haciendo añicos las aspiraciones democráticas de este gran país, llamado México.
Lo que ni Napolitano, ni Holder, ni Morton entienden es que la muerte del agente Zapata es inútil mientras los norteamericanos no enfrenten con los destos bien puestos el problema de drogadicción de su población. Mientras la demanda de drogas no disminuya significativamente, el problema seguirá en los dos países. Se necesita creatividad y ganas de resolver el problema, no funerales transmitidos en vivo y promesas cínicas de violar la soberanía de otro país.
Nuevamente: soluciones transnacionales a problemas transnacionales. Mi más sentido pésame para la familia Zapata y para las familias de 35,000 mexicanos sacrificados para que los norteamericanos  ya no se droguen. Todas ellas muertes inútiles, so far, if I may.

Dr. Cano